
«La cosa más importante del mundo»
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MARCOS SILVA, FIRMA INVITADA DE MERCHÁN EN DIRECTO
“El fútbol es la cosa más importante del mundo de entre las cosas menos importantes”. La frase, repetida hasta convertirse en tópico, encierra una verdad profunda: el fútbol no es vital para la supervivencia, pero sí para la identidad, la emoción colectiva y la memoria compartida. En un país como España, donde cada verano con Mundial se transforma en conversación nacional, el balón adquiere un peso simbólico que trasciende lo deportivo. El Mundial no es solo un torneo; es un estado de ánimo.
Y, sin embargo, mientras el foco mediático se dirige al fútbol, el calendario olímpico nos ha dejado recientemente otro escenario muy distinto: los ya clausurados Juegos Olímpicos de Invierno de Milán-Cortina 2026. Lejos del calor de los estadios y las terrazas veraniegas, el llamado “circo blanco” ha ofrecido una fotografía reveladora del estado real de los deportes de invierno en España.
Un éxito inédito… y sus matices
A escala nacional, los datos son claros. Las tresmedallas obtenidas por Oriol Cardona y Ana Alonso en la nueva disciplina olímpica del esquí de montaña, disputada en la exigente pista del Stelvio en Bormio, han supuesto un éxito sin precedentes en esta edición. El clamor mediático fue unánime: actuación sobresaliente, salto cualitativo, rendimiento histórico.
El esquí de montaña, incorporado por primera vez al programa olímpico, ofrecía una oportunidad singular. España, con tradición en pruebas de montaña y un terreno propicio para la especialidad, supo aprovecharla. En competiciones donde las centésimas de segundo marcan diferencias abismales, la preparación técnica y la gestión emocional resultan determinantes. Y esta vez, los detalles jugaron a favor.
Sin embargo, el análisis no puede quedarse en la euforia puntual. Porque si bien estas medallas son incuestionables, conviene preguntarse de dónde venimos y hacia dónde vamos.
“Como si un austriaco triunfa en Las Ventas”
La expresión se popularizó tras el oro de Francisco Fernández Ochoa en Sapporo 1972: “como si un austriaco triunfa en Las Ventas”. La metáfora era elocuente. Austria, potencia histórica del esquí, veía cómo un español —procedente de un país sin gran tradición invernal— conquistaba el olimpo blanco. Aquella victoria fue un hito tan simbólico como inesperado.
Veinte años después, el bronce de Blanca Fernández Ochoa en Albertville 1992 confirmó que el talento podía aparecer, pero no necesariamente consolidarse en estructura. Más recientemente, el impacto mediático de Javier Fernández en el patinaje artístico devolvió visibilidad a los deportes de hielo, aunque su éxito tampoco cristalizó en un efecto multiplicador sostenido.
El patrón histórico es evidente: picos individuales más que continuidad estructural. Milano-Cortina 2026 parece encajar más en esa lógica de continuidad que en la de un retroceso. España nunca ha sido potencia invernal. Sus logros han sido aislados, simbólicos y profundamente celebrados, pero no han respondido a un ecosistema sólido y prolongado en el tiempo.
Un nivel competitivo al alza
Además, esta edición ha mostrado un nivel particularmente alto. Las condiciones técnicas en determinadas pruebas —especialmente en disciplinas alpinas y de velocidad— fueron exigentes. En este contexto, cualquier pequeño error pesa enormemente. Una mala salida, un ajuste imperfecto del material, una décima perdida en una transición pueden condenar meses de preparación.
Ahora comienzan los Juegos Paralímpicos, que también presentan un nivel competitivo creciente y suponen otro termómetro para medir la profundidad del sistema deportivo. En ambos casos, el entorno internacional se profesionaliza, invierte y planifica a largo plazo. La pregunta es si España está haciendo lo mismo en el ámbito invernal.
Diagnóstico: luces y sombras
Entrenadores y especialistas en gestión deportiva coinciden en varios puntos críticos:
- Falta una estrategia integral sostenida en el tiempo.
- Dependencia excesiva de talentos individuales.
- Escasa coordinación entre federaciones, estaciones de esquí y administraciones públicas.
- Infraestructuras mejorables, especialmente en lo relativo a pistas de hielo permanentes.
Las jóvenes promesas señalan, además, la dificultad de compaginar estudios y carrera deportiva en disciplinas que carecen de centros de alto rendimiento específicos. El talento existe, pero el entorno no siempre lo acompaña.
La evolución de los deportes de invierno en España no ha ido en paralelo al crecimiento del poder adquisitivo ni a la modernización social del país. Mientras otras naciones consolidaban modelos de base, tecnificación temprana y planificación olímpica a largo plazo, España mantenía una presencia más bien testimonial.
¿Retroceso o continuidad?
Hablar de fracaso sería exagerado. Pero hablar de revolución estructural también lo sería. Las medallas en esquí de montaña son un éxito real, aunque circunscrito a una disciplina concreta y a perfiles muy determinados. El conjunto del medallero y la participación general reflejan más continuidad que ruptura.
La cuestión de fondo es estratégica: ¿aspira España a consolidarse como país competitivo en deportes de invierno o acepta un papel secundario en el escenario olímpico invernal?
Si la ambición es crecer, las medidas parecen claras:
- Mejorar infraestructuras.
- Impulsar programas de tecnificación temprana en zonas de montaña.
- Fomentar la colaboración institucional.
- Priorizar procesos a largo plazo por encima de resultados inmediatos.
Sin planificación sostenida, los éxitos seguirán siendo esporádicos y celebrados como excepciones heroicas.
Entre la épica y la realidad
Mientras el país se prepara para vibrar con el próximo Mundial de fútbol, conviene recordar que la emoción deportiva no debería limitarse a un solo escenario. El fútbol seguirá siendo “la cosa más importante del mundo de entre las cosas menos importantes”. Pero el verdadero desafío está en decidir qué lugar ocupan el resto de disciplinas en nuestra cultura deportiva.
Milano-Cortina 2026 no deja una sensación de retroceso abrupto, sino la constatación de un modelo todavía en construcción. El próximo ciclo olímpico será determinante. No por una medalla más o menos, sino por las decisiones estructurales que se adopten.
Porque, al final, la diferencia entre la excepción y la tradición no está en el talento, sino en la planificación. Y ahí es donde se juega el verdadero partido.
